viernes

LA CALMA, LA FURIA DEL MAR

"Deja una marca en el pecho,
efímero el aire que exhalo.
Los días se amontonan,
se confunden
unos con otros y contra otros,
los días, la sucesión de preguntas.
Son los ojos cansados,
el pulso roto,
las altas horas que pierde el sueño,
el silencio de la voz, el movimiento de los dedos,
la marca en el pecho,
efímero el aire que exhalo.
La luz cae sobre las calles
como el agua pesada,
su imperio, su vasto imperio
y el letargo en horas de vigilia.
Futuro absurdo,
pasado y presente
moribundo,
la orilla cruel de la tristeza".

domingo

ROY


Hay una gran anédota referida al grandísimo Roy Orbison y contada por Johnny Cash en una de sus autobiografías (lo que destaco de Cash es su forma de encarar las autobiografías como selección de anécdotas dispersas, que es como deberían ser este tipo de textos, como están en la cabeza). La anécdota parece mostrarlo a Roy como dicen que era. Dice Cash sobre él:
"Le vi por última vez unos meses antes de su muerte, y ahí empieza mi anécdota favorita de Roy Orbison. Entre otras cosas, hablamos de peinados. Le dije que siempre había admirado cómo vestían y se peinaban en la época de Thomas Jefferson y Andrew Jackson, y ahora quería llevar el pelo como lo llevaba Jefferson, en una coleta atada con una cinta negra. "Veré si convenzo a June para que me deje crecer el pelo lo bastante", le dije. Roy pensó que era una gran idea. "Sabes qué? -dijo-. Si tú lo haces, yo también". Era una gran idea, pero me acobardé y nunca más hablé con Roy de ello. Le vi una vez más cuando acompañé a Wesley (su hijo) a la funeraria donde habían dispuesto a Roy para que le visitaran familiares y amigos. Wesley no quería ver a su padre muerto y no se aproximó al ataúd. Yo me acerqué y me incliné para darle un último vistazo a mi viejo amigo. Cuando le vi no pude aguantarme; empecé a reír. ¡Aquel hijo de su madre lo había hecho! Allí, sobresaliendo bajo su cabeza, había una pequeña y cuidada coleta, y estaba atada con una cinta negra.

lunes

EL PODER DE SÍNTESIS


Para decir lo mismo, las cinco personas seleccionadas recurrieron a cinco estructuras discursivas muy diferentes entre sí. El sujeto 1 habló pausado, enumeró cada detalle y hasta olvidó lo que estaba diciendo a mitad del test. El sujeto 2 habló con fluidez, no se detuvo en los detalles y con tres oraciones relativamente cortas logró transmitir el concepto. El sujeto 3 no supo mantener una línea discursiva, y si bien comenzó apuntando de manera directa a transmitir el concepto, se distrajo con detalles de último momento que aburrieron al jurado. El sujeto 4 quiso ser original y recurrió a una variante oral nipona, que le permitió transmitir el concepto con cuatro sílabas, aunque fue descalificado porque el jurado no permitió el uso de otra lengua que no fuera el español. Finalmente, el sujeto 5 tuvo un admirable poder de síntesis, mucho mayor que el sujeto 2, sedujo además a la presidenta del jurado con pestañeos sutiles y cuando hubo transmitido la idea bromeó sobre las distintas formas de llevar un paraguas cuando llueve. Esto nos demuestra que el poder de síntesis existe, es efectivo y sólo los que saben aprovecharlo pueden aspirar a escalar posiciones en esta vida rebuscada.

viernes

PEDIR UNA AUDIENCIA


Para pedir una audiencia con el Jefe hay que enviarle un e-mail al jefe explicándole cuáles son los motivos por los que el empleado solicita una audiencia con el Jefe. Ese e-mail es leido por el jefe, quien nos llama a su oficina y nos invita a sentarnos cómodamente en su incómoda silla para empleados de paso transitorio. Nos cuestiona los motivos de la audiencia, a veces con sutileza y otras con cierta violencia incontrolable, y trata por todos los medios de hacernos ver que nuestros motivos no son tan pesados como para solicitar esa audiencia con el Jefe. Entonces, si logramos convencerlo -tarea difícil, como una prueba de los dioses para el empleado y su odisea- el jefe envía el reclamo al Jefe, adjuntándole una introducción un tanto formal en la que prácticamente nos deja indefensos ante cualquier enojo del gran Rey de nuestro ámbito de trabajo. Al cabo de cuatro o cinco semanas llega un e-mail a nuestra casilla en la que la Secretaria nos informa que el Jefe está dispuesto a recibirnos en su Despacho, ese mismo día y en un par de minutos. Sin tiempo para resolver estrategias de último momento, el empleado sube hasta el segundo piso y se hace notar ante la Secretaria, que simula verlo y no verlo al mismo tiempo y nos pide que esperemos. Cuando la Secretaria decide que ya esperamos lo suficiente -nunca es demasiado- nos dice que pasemos, que el Jefe nos recibirá en su Despacho. Ante nuestros ojos aparece entonces la figura del Todopoderoso, sentado a su trono de burócrata espacial, frente a su escritorio donde todo signo es fálico y toda palabra le pertenece. Nos preguntará cuál es nuestro reclamo, escuchará las primeras líneas de nuestra queja, interrumpirá con su forma de ver las cosas, nos dirá que él hará lo posible por solucionar lo que a toda vista ya es un reclamo injustificado. Nos dará su mano, veremos su anillo dorado brillar más que nuestras lágrimas y sin decir que nos está echando de su Despacho entenderemos que la hora de volver a nuestra oficina ha llegado, y con ella el tiempo volverá a seguir su curso, como siempre, como todos los días de aquí y hasta el fin de los días.

Putear


Uno de los insultos que más me gustan es el de "andate bien a la concha de tu madre", con sus variaciones ("andate a la concha bien de tu madre", "andate a la concha de tu hermana", "te podés ir a la recalcada concha de tu puta madre", etcétera). También destacan "Sorete", porque es melódico y pesado, "Forro", porque suena hiriente, "Mierda", porque sustantivado hacia alguien desmerece de inmediato, y "Salame", porque es inocente pero no hay con qué darle. El clásico "Pelotudo" es ya un señor insulto, muy usado pero que no deja de tener peso. No me gusta "Puto" ni "Boludo", el primero porque hay muchos putos y ya no suena a insulto y el segundo porque se usa todo el tiempo como quien dice "Che" o "Digamos". De los que se usan poco y me gustan destaco "Infeliz", que es melodramático y te anula. Lo mismo para "Inútil", que en su variante de "Cero a la Izquierda" adopta la forma para enunciarlo en salón. "Inservible" es algo más tosco, pero para el caso sirve. "Feo" es genial, desmerece de inmediato en una sociedad donde la belleza es tan valorizada, con justificación. "Incogible" actúa de igual manera pero se refiere más al acto sexual que nunca será concretado por la fealdad del destinatario, a su pesar. "Andate a lavar las tetas" me da risa. "Andá a hacerte coger por un burro" también me da risa, sobre todo por su cercanía al dadaismo. De los conjugados uno de mis preferidos es "Malparido". También me gusta "Tragasable" pero sólo porque me resulta ingenioso y melodioso. La expresión "Negro de Mierda" roza el racismo, pero como insulto es muy común y no me desagrada. "Conchudo" es bueno pero creo que pasó su cuarto de hora.Agrego al final un fragmento de una nota muy pelotuda aparecida en el ingenuo suplemento Si! de Clarín: "En la Argentina, la escuela es el segundo ámbito más discriminatorio (después del trabajo, lo dice una encuesta del Instituto Nacional contra la Discriminación, el INADI). Una historia reciente de la cultura pop resume los pesares del "bully" (con películas y videojuegos titulados así, Bully), pero más que una anécdota para explicar adolescencias conflictivas, el insulto es una pesadilla cotidiana que empieza cuando empieza el día: a las 7.20, el horario tan absurdo como nocturno en que abren los colegios. Mientras se difunde el dato de que el 10 por ciento de la población argentina hoy viene del Paraguay, Bolivia o Perú, una encuesta del Sí! entre 1.200 alumnos secundarios devela una idea aberrante de "supremacía blanca" para elegir el agravio: "Ser un negro de mierda lo determina las cosas que hace una persona", explica Ignacio (17), alumno del Nacional Buenos Aires: "Usar llantas con resortes y gorra constituyen el identikit del cabeza"."

FRANCAMENTE NO ENTENDÍ


Entrevista a Banda De Turistas
"–¿Qué hacen para contrarrestar el efecto "Victoria Mil", que tienen consenso de banda- que-está-buena y nunca son masivos?
Pato: –Tratamos de que haya una bajada popular en las letras.
Tucán: –Y ser accesibles para todo el mundo.
Luis: –Hay niveles en los que la gente puede ir accediendo a nuestra música, pero la idea es que haya un primer nivel".

¿Cómo se dice "chupame la pija" en popular?

miércoles

EL BONO QUE NO CONTRIBUYE


El sorete llamado Bono. No puedo evitar verlo como un tremendo demagogo hijo de puta, camuflado en cientos de acciones caritativas que para mis ojos se destapan como simple maquillaje. Defiende una justicia universal y la ecología a rajatabla, pero detrás de eso veo el circo y el comerciante que en verdad dista mucho del buen tipo. Es un forro que se inventó un personaje difícil de cuestionar, pero su carrera de mesías está plagada de actos maquiavélicos. Me provoca nauseas verlo saltando las vallas que lo separan de su público, tomando la mano de una pobre fanática y abrazándola con esa carita de pancho y falso de mierda.
¿Es Bono un ser sensible? ¿Estoy equivocado cuando pienso que es un gran simulador? Son decenas las historias que circulan por ahí diciendo que Bono vende una imagen pero vive de otra manera. Evasión de impuestos, arreglos con poderosos empresarios, fotografías públicas con políticos cuestionables y frases desafortunadas son algunas de las tantas noticias que lo van pintando a este salame.
Recientemente, Carbonfootprint.com -sitio online que denuncia el avance de los daños ecológicos provocados por la llamada Huella De Carbón- publicó un informe en el que demostraba el deterioro que la próxima gira mundial de U2 provocaría a la salud de nuestro planeta.

Helen Roberts, consultora de Carbonfootprint, dice que los 44 conciertos de U2 este año equivalen a la huella de carbono que generaría que Bono y los otros tres miembros de U2 viajaran ida y vuelta a Marte. Todo esto sin sumar la concurrencia de público, que transportándose para ir a ver a U2 desde lugares distantes a los puntos donde la banda se presentará, contribuirán a aumentar las emisiones.
Claro que esto suena un poco exagerado, pero evaluemos la cosa más detenidamente: trasladar semejante puesta en escena, juego de luces, fuegos de artificio y cotillón de todo tipo supone una emisión de CO2 tan vasta que requerirá la plantación de 20118 árboles para compensar el daño al medioambiente.
Tal vez sea yo y mi inconformismo crónico, pero en Bono y en U2 todo me resulta mediocre, aburrido y demagogo. Y veo como una obsenidad el altísimo precio de las entradas, el costo de su gira y el lanzamiento de mensajes anti-pobreza -haciendo subir a esas mujeres con pancartas que rezan "Basta de pobres"- en un escenario que grita DINERO a los cuatro vientos.
Este garca va a visitar a los chicos de África, pero lo hace rodeado de cajetillas del Banco Mundial, o recibe el título de Caballero del Imperio Británico, aún sabiendo todo el daño que ese imperio le ha causado a su Irlanda natal. Pienso en el poeta Benjamin Zephaniah rechazando esa misma distinción ya que le recordaba "mil años de brutalidad, de cómo mis madres ancestrales fueron violadas y mis ancestros brutalizados".
Bono y su banda son uno de los grupos musicales más ricos del mundo, con una fortuna estimada en 690 millones de dólares (545 millones de euros), según una lista publicada en 2007 por el Sunday Times. Y mientras este pedazo de forro acude a cenas de alto standing con políticos a pedirles más dinero para sus proyectos y un mayor compromiso con la pobreza mundial, sus asesores se ponen a trabajar para desviar sus sociedades a residencias en paraisos fiscales como las Antillas Holandesas.
En fin, tenía que decirlo. Me pone nervioso este mamarracho.

lunes

DESIGNIOS (2002)

Pisando las hojas muertas llegó Natalio al banco en la plaza y se sentó como yo mismo me había sentado hacía casi cinco años en el mismo banco de la misma plaza, pisando otras hojas muertas. Así fue como lo vi llegar, escondiendo su rostro en el interior del sobretodo marrón que afinaba su figura y daba a su andar pequeñas apariencias de cansada sobrevida. Ahí viene Natalio tan apurado como siempre, habría dicho yo si en ese momento lo hubiera reconocido. Pero sólo cuando se hubo sentado en el banco, cuando se detuvo y observó la hora que marcaba su reloj de pulsera, sólo entonces fui a su encuentro.
Me observó sin decir nada durante un rato. Luego me pidió que me sentara a su lado, para volver a callar, para volver a ocultar su rostro dentro del sobretodo. Era la misma situación que se había repetido durante cinco años en mi recuerdo: el que llegaba sin poder escaparle al frío y se sentaba en el gélido banco que atrapaba los primeros atisbos del invierno, y el que aparecía para preguntarle por la oreja de Hugger. En la pregunta y en la respuesta gravitaban años de espera, días y noches de insomnio y resquemor al tiempo que nunca apresura las cosas.
Como habiendo ensayado la respuesta hasta hacerla fluir de forma natural, Natalio contestó que había ocurrido algo con la oreja, y otra vez el silencio. Eso era lo que me irritaba de Natalio: su tendencia a prolongar los silencios cuando las conversaciones ni siquiera habían comenzado a darse. Pero esta vez era peor, pues no intentábamos construir una de nuestras habituales charlas sobre literatura - como las que habíamos tenido algunas viejas madrugadas en el ahora extinto Café del Tenor - sino darle fin a un ciclo cuya prolongación ninguno de los dos anhelaba.
Ya nada era lo mismo, el peso de los otoños dolía en nuestras respiraciones, cansadas. Sin embargo, alguna vez habíamos tenido más vida, y por entonces sí que el hallazgo de la oreja nos había enloquecido al punto de llegar a repartirnos, como semidioses, el dominio de las mentes humanas. Pero ya nada era lo mismo, y ahora que algo le había ocurrido a la oreja el futuro se mostraba aún más incierto.
—¿Qué fue exactamente lo que ocurrió, Natalio? —pregunté, pero él ni siquiera pareció escucharme. Tenía las manos en los bolsillos, y olía al mismo perfume de cuando un otoño nos había juntado en el mismo banco. Aquella tarde fui yo el primero en sentarse, para esperar a que Natalio se sentara a mi lado y no pudiera disimular sus deseos de comenzar a utilizar la oreja de Hugger; así lo habíamos pactado y le entregué nuestro secreto para que a partir de ese momento y durante los próximos cinco años fuera él quien gozara de las virtudes de la oreja. Nada me costó menos que desprenderme de ese cartílago disecado que hacía de su poseedor un ser capaz de manejar los pensamientos de los que lo escucharan hablar; así tan sólo balbuceara, bastaba con imaginar una idea para que el oyente pasara a hacerla propia sin notarlo. La oreja de Hugger, que me había vuelto un ser omnipotente y egoísta.
—¿Cómo que algo le pasó a la oreja, Natalio? Contestáme, te digo.
—No está, desapareció. Te juro que es así, que nada quiero más que cumplir con nuestro pacto de destruirla, ahora que ya la usamos, pero desapareció. Hace noches que la busco, pero nada. Alguien debió de violar la caja de seguridad donde la guardaba. Esto es terrible, Juan.
Lo miré. Natalio se veía realmente agotado, como sin duda me había visto él la tarde que le entregué la oreja. Ahora, recuperándome de a poco, lo veía sufrir por la omnipotencia indomable que generaba la maldición de Hugger. Se lo había advertido, le había dicho que no se atreviera a pasar por lo que yo había pasado primero, por lo que el azar había dispuesto que yo sufriera antes que él. Resulta gracioso pensar que una partida de naipes resolvió el privilegio de ser el primero en caer en sus redes. Comprendo que el azar debe de ser así, no la simple buena fortuna.
—Te lo dije, Natalio. Te dije que la oreja iba a hacerte daño, pero no quisiste escucharme. Estabas tan ansioso por comenzar a disfrutar de sus virtudes que ni siquiera reparaste en mis advertencias. Pero no te culpo, pues yo habríaa hecho lo mismo. Al principio todo parece tan perfecto, tan acabado, como en sueños. Y luego se vuelve insoportable, y necesario, y así nos convertimos en puentes de nuestros impulsos más bajos. Te lo dije, Natalio, te lo dije y tenía razón.
Permanecimos callados lo que tardó el frío en vencer las barreras de mi sobretodo; luego pensé que la conversación podría cobrar mayor fuerza si la continuábamos en mi casa, sitio que parecía haber sido construido con la intención de que se convirtiera en templo de explicaciones; en ese mismo sitio, alguna vez, habíamos decidido en suerte el destino de la oreja y habíamos acordado destruirla pasados los diez años de su hallazgo. Y ahora, rendidos, aplastados por su tormento, discutíamos nuestra codicia y nuestro roto candor de simples sujetos.
—Ya no la usaba con la frecuencia de los primeros años —dijo entonces Natalio—. La había escondido en la caja de seguridad, allí donde nunca pensé guardar nada. Pero la oreja sí. No podía controlarme, y a vos te debe de haber pasado lo mismo, no podía sentir que era incapaz de algo. La costumbre, Juan. Uno se acostumbra a lo omnímodo. Vos me lo dijiste, es cierto, pero cómo saberlo sin intentarlo, cómo dominarme.
—Lo sé, Natalio. Todos estos años lo he sabido. Es imposible resistirse a su fuerza, máxime cuando uno es ignorante de las virtudes que da poseerla. Lo mismo debió pasarle a Hugger. Fuimos necios e imprudentes al pasar por alto las desgracias que sufrió el holandés, seducidos por su magnetismo. Siempre pienso en esto. Pero era imposible, ya lo sabemos.
Natalio encendió un cigarrillo. Sólo entonces sacó sus manos de los bolsillos del sobretodo. Temblaba, pude verle temblar como si realmente hiciera frío en la habitación. Pero no era frío lo que sentía, sino algo más parecido al miedo o a la vacilación que golpea a quienes despiertan tras enigmáticas pesadillas.
—A Hugger lo mató lo que a nosotros nos mata, Juan —dijo. Yo preferí callar y servirme otra copa de ron. También llené una copa para Natalio, que ya se soltaba y parecía sentirse mejor al compartir su turbación con alguien que estaba pasando por lo mismo.
—Imagináte vivir preso de tus pensamientos. Así funciona la oreja, y Hugger nunca lo supo, siempre creyó que era un don y un castigo que tenía en su interior. Pero los dos sabemos, porque lo intentamos con sus cabellos, con sus manos, y hasta con sus dientes, que lo único mágico en Hugger era su oreja izquierda. El holandés no lo soportó. No sabía cómo acabar con eso que lo mataba, que lo hacía todopoderoso en un mundo que se le debió presentar parecido a lo que a nosotros se nos muestra sólo en sueños. ¿Se entiende lo que digo?. Ya lo hablamos, alguna tarde. Hugger nació con ese poder, por eso nunca le pareció extraño que las cosas sucedieran como le sucedían a su alrededor. Pero sin embargo fue preso de sus pensamientos, porque nosotros, los que no somos como fue Hugger, somos aquel mundo que lo atrapaba, que lo limitaba al tiempo que le ofrecía vanas posibilidades a las que sólo nosotros dos tuvimos acceso. Fuimos más que Hugger, porque no éramos Hugger.
Comenzó a oscurecer. Habíamos perdido la cuenta de las copas que llevábamos bebidas, pero no nos importó. Hacía mucho que no conversábamos, así que nos pareció buena idea continuar hablando de otras cosas. Natalio tenía que olvidarse al menos un instante de la oreja, así que me esforcé por preguntarle por su esposa, a quien yo no veía desde la vez que habíamos decidido desenterrar el cadáver del holandés.
—Agustina está bien, aunque casi no nos vemos. Trabaja todo el día, ya sabés, en la clínica. Igual está bien. ¿Y vos? Supe que te casaste.
—Sí, me casé —realmente no tenía interés en hablarle de Brenda. Natalio lo entendió enseguida, pues prendió otro cigarrillo e hizo algún noble comentario sobre los libros que yo tenía en la biblioteca, y por esos rumbos seguimos conversando hasta muy altas horas de la madrugada.
—¿Tenés sueño? —le pregunté.
—No he dormido en casi diez años —me dijo.
Lo acompañé hasta la puerta y prometí que volveríamos a vernos. No recuerdo si le pregunté otra vez por la oreja, sobre nosotros y la oreja ahora que alguien la había robado. Creo que Natalio me dijo que no me preocupara, que me olvidara de eso y de todas sus cosas, porque olvidar era la única forma de escaparle a la muerte. Entonces se fue, como se había ido aquella tarde que marcó para siempre mi futuro. Un juego de naipes y el privilegio de ser el primero en usar los poderes de Hugger; ahora yo, guardando la oreja en mi caja de seguridad, disfrazando mi atormentada vida a partir del consuelo de un hombre al que quise oírle decir que no me preocupara.

viernes

LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA


Acabo de volver a los noventas sin aviso previo: en las bateas de ventas de Musimundo, perdido entre discos de $54 y $37, un disco de grandes éxitos de Cilla Black, responsable del guardaropa de The Cavern, luego descubierta por Brian Epstein para lanzarse como solista de una carrera digna, con algunos éxitos de delicioso buen gusto. Hasta aquí podría decirse que retrocedí a los sesentas, pero el verdadero viaje vino con el precio del disco: $0,99.

—¿Te puedo ayudar en algo? —me dijo el atento vendedor al que se le suele decir "estoy mirando".

Yo seguía en los noventas.

—Sí, decime si este precio está bien o es un error —inquirí. El vendedor mostró asombro, tampoco él podía concebir que con el dólar a $3.86 se estuviera vendiendo un disco de buena edición (incluye librito y todo) a la escandalosa suma de 1 peso.

Recuerdo los viejos tiempos en los que por 1 peso podías tomar una birra en cualquier lado, comerte una hamburguesa o, en el mejor de los casos, conseguir un cassette más o menos bueno en las ferias de las plazas. Los hemos olvidado, el devenir de la economía y lo que sucedió después de 2001, odisea del caos, nos ha hecho olvidar esa sensación de oferta permanente aunque inconciente -lo supimos luego, cuando el tiempo se lo había llevado-.

Compré dos de los discos. Son iguales. Uno es para mí. El otro lo compré para regalárselo a alguien que sepa apreciar a Cilla. No pude creer llevarme dos discos de Musimundo, hoy, y pagar con un billete de $2.

—Si tenés cambio te voy a agradecer —me dijo la chica en la caja, y fue el broche de oro.

jueves

LOS TRAJES A LA BASURA


Había una vez dos trajes de 1972, uno azul y otro marrón oscuro, que habían sido de mi tío y heredé porque nadie los quería y para mí eran magia pura, porque entallaban perfecto y me permitían usarlos cada vez que había una ocasión para eso: un recital, una salida con estilo o, como es el caso de este domingo, una sesión de fotos en la que me habría gustado usarlos nuevamente, como en los viejos tiempos felices.
Por una cuestión de espacio en mi armario, hace unos meses tuve que tomar la decisión de llevarlos a la casa de mis padres, a mi antiguo cuarto, donde esperarían la ocasión de volver a ser usados. Qué mejor oportunidad que esta nueva sesión de fotos, ambientada en un cementerio y con estética victoriana.
Pues no. Hoy hablé con mi madre y le dije que necesitaba los trajes. "Me parece que no están más los trajes", me dijo. Como sin haber escuchado la respuesta, volví a decir que los necesitaba, que necesitaba mucho esos trajes. "No recuerdo que estén ahí, creo que los tiramos", me dijo. Por más esfuerzo que hiciera para negar esa realidad horrible que aparecía ante mis ojos, la idea de los trajes en la basura me partía el alma. Hice un último intento, diciéndole que hace unas semanas subrayé puntualmente la necesidad de que nadie se deshiciera de esos trajes, porque eran muy valiosos para mí, no así el resto de la ropa que había dejado en ese armario. "Creo que los tiramos, se los iban a comer las polillas", fue la respuesta fatal.
Hace poco más de cuatro horas que no puedo evitar pensar en esos trajes desperdiciados entre un montón de basura. Ni siquiera me contentaría saber que alguien los encontró y pudo darles el uso que a mí se me niega, porque esos trajes eran míos, eran un tesoro que guardaba orgulloso y que quería me acompañara hasta la muerte. Incluso ahora pienso que el traje azul bien podría haberme acompañado a la tumba, para darme ese último gusto aunque más no fuera en la hora de mi muerte.
"Creo que los tiramos, se los iban a comer las polillas", fue la respuesta fatal. Mis trajes, a la basura, por la mínima posibilidad de que una tosca polilla pudiera lastimar una pequeña parte de aquel tesoro ya perdido...

miércoles

CHABÁN


La primera vez que vi a Chabán en carne y hueso me quedé asombrado, casi iluminado. Yo tenía unos 15 años, no mucho más. Por entonces me gustaba la aventura de tomarme el Río de La Plata, que atravesaba todo el conurbano porque todavía no existía la autopista hacia Buenos Aires, y terminar con mi amigo Diego, que vivía en Once, yendo a alguno de los recitales que nos salvaban el fin de semana y realmente nos colmaban. Tenía que convencer a mis viejos, primero, porque viajaba los viernes después del colegio y volvía los domingos a la noche, y con 15 años o tal vez un poco menos no era fácil ganarse esa confianza. Pero eran otras épocas, un poco distintas al presente inseguro por donde se lo mire. Subía al Río -como le decían- y la noche lo envolvía primero en Berazategui, en el Barrio Pepsi, después en Avellaneda y finalmente en Plaza Miserere, donde bajaba y caminaba unas diez cuadras para llegar a lo de Diego.Él ya tenía el plan hecho cuando yo llegaba: si no era una fiesta en casa de alguno de sus amigos era un recital en alguno de los mejores antros que conocí en mi vida. Ya no hay lugares así. Gracias a esos viajes de pibe conocí Cemento, Die Schule, El Dorado, Dr. Jeckyll y otros que no me acuerdo ahora pero que me encantaban. A Cemento fue donde más fui. En aquellos viajes seguíamos a Todos Tus Muertos, Los Brujos, Peligrosos Gorriones, Martes Menta, Babasónicos, un sinnúmero de bandas punk, los primeros Juana La Loca y otro costado más electro en otros lados (me acuerdo algún show de Estupendo y se me pianta un lagrimazo).Yo era muy fanático de Los Brujos, que tocaban seguido en Cemento y me iba siempre a verlos. De aquellos shows tengo el recuerdo de una cicatriz en la rodilla, producto de una pésima coordinación en un mosh, y un par de corridas cuando caía la policía y sabíamos que éramos bastante pibes como para estar ahí.Una noche, mientras tocaban los Muertos -casi seguro eran ellos-, se había puesto tensa la cosa en el sector de la barra, justo después de la puerta de ingreso, con unos pibes que empezaron a amenazarse entre sí. Cuestión de ebriedad y de adolescencia, era común la piña y después de eso las dos partes, vencedores y vencidos, seguían viendo el show como si nada. Y recuerdo que fue Chabán el que se metió en el conflicto. No sé muy bien qué les dijo, pero sí me acuerdo que Diego me lo marcó, me dijo que era Chabán, el dueño de Cemento, una especie de figura mítica para el rock vernáculo. Yo tenía el nombre "Chabán", lo tenía de cada página leída en las revistas que leía por entonces y de escucharlo en la radio cuando algún músico hablaba de él y contaba alguna anécdota de esas que le ponen pimienta a la historia más sencilla. En medio de aquel conflicto casual, de esa discusión entre pibes en un boliche, la figura de Chabán era parte de una historia que me habían contado y que estaba viendo frente a mis ojos.Cuando Chabán terminó de hablarles, el conflicto había quedado chiquito, porque los pibes siguieron haciendo cada uno la suya y se perdieron entre la gente. Yo me quedé mirándolo, se paró a mi lado con los brazos cruzados. Miraba cada rincón, hablaba con los de la barra para arreglar algunos precios de la birra y se subía a unos bancos enanos que había en el medio de esa parte del boliche como una estatua. Esa noche me miró porque yo lo miraba. Me clavó la mirada y para rematar arqueó las cejas diciendo algo así como "¿qué pasa, rulos?". Yo tenía rulos, je.Con lo que pasó en Cromañón se me revolvieron todas estas cosas. Para mí, para el recuerdo que tengo de esas noches en Cemento, Chabán era un tipo que estaba en todos los detalles y que al fin y al cabo no era mal tipo, no era como el resto de los garcas que fui conociendo después, en los recitales que siguieron a esas primeras salidas.Hoy, cuando lo sentenciaron, sentí que algo de todo eso se había roto. Y no hablo de justicia ni de injusticia, porque no estoy hablando de eso. Hablo de aquella sensación que me quedó en el alma la primera vez que vi a Chabán, la sensación que permaneció las otras veces que lo vi, el recuerdo que me quedó de su nombre, y la caída que reflejan hoy los medios. Son raras las armas con las que el pasado sacude al presente... y viceversa.

martes

SOMOS LOCALES OTRA VEZ



No hay límite para la inventiva de aquellos que dirigen, trabajan u ocupan un asiento -las palabras no son muy claras acá- en edificios gubernamentales. Se renuevan constantemente las metidas de pata, las decisiones con poco tacto y las malas decisiones que joden.


Me ocurrió el viernes, cuando leía los mails que llegan a mi casilla, la sorpresa de encontrar un anuncio del área de Cultura de la Municipalidad de La Plata en el que se presentaba pomposamente -4 logos e imágenes acompañaban el mail- el nuevo ciclo "Locales y Visitantes". La idea es simple y hasta sensata: algunas bandas locales -entiéndase de La Plata- compartirían cartel con bandas visitantes -entiéndase de Buenos Aires o de otros lados que no sean La Plata-. Hasta ahí, todo en orden porque ese tipo de iniciativas les da la posibilidad a las bandas de nuestra ciudad de disfrutar de un buen show junto a bandas que vienen andando bien en otros circuitos. La ayuda de la Municipalidad, en este tipo de eventos, está muy bien.


No obstante, me alarmé cuando vi el afiche que la propia Municipalidad enviaba, anunciando la primera de las fechas: LOVORNE, la banda del hijo de Pappo, tocaba como visitante ocupando la totalidad del cartel, y RUEDAS DE ACERO, la banda local, tocaba como... como banda invitada? en un rincón? sin foto? chiquitita dime por qué? Por qué manejar de esa manera el lugar que ocupa nada menos que la banda de la ciudad, en un ciclo que plantea la localía y la visita casi desde la fraternidad?


Automáticamente reflexioné que se estaba no sólo desperdiciando la gran oportunidad que le daban a Ruedas de Acero de presentarse junto a Lovorne, poniéndola como banda invitada y pasando desapercibida en el texto publicitado, sino de hacer las cosas bien, nada menos. Y les escribí, preguntándoles si verdaderamente la banda local iba a aparecer como "banda invitada".


Hoy recibí respuesta por parte del anónimo que manda los mails de la Municipalidad: "sí, la banda local aparece como banda invitada". Está claro que este sujeto respondió a mi pregunta.


Acabo de enviarle un mail de nuevo. Quise decirle que se estaba desperdiciando esta oportunidad, y que nada menos que ellos, los que podían hacerlo bien porque tienen las herramientas para hacerlo y porque están en la iniciativa de hacerlo, anunciando este ciclo de locales y visitantes.

viernes

TARDE SIEMPRE


Hay una sensación que aparece a veces, desde el comienzo de los tiempos de cada uno de nosotros, que nos lleva a pensar que hay que cambiar algunas cosas personales, modificar algunas actitudes y amigarse con ciertas cuestiones que nos generan rabietas y alteran nuestra salud. Y siempre, pero siempre, uno piensa en hacerlo y por cosas del tiempo quedan pospuestas, relegadas al momento en que vuelven a aparecer y vuelven a quedar relegadas, como en un círculo vicioso de iniciativa y letargo.
Pero hay un momento -evidentemente llego a ese momento- en que uno nota que ya se hizo tarde para algunas cuestiones. Ése es el peor momento, y ahí es donde quema la peor sensación.

miércoles

TAPAS DE DISCOS

Siempre sentí debilidad por este tipo de cosas





















































































































































































































































































TODO PASA Y NADA QUEDA


Cuando de pronto el río se revuelve y los peces comienzan a salir a la superficie para hallar respiro, suben también las heces que estaban en el fondo. La decisión del Gobierno y de Julio Grondona de sacarle de las manos el contrato al Grupo Clarín desató un sinnúmero de opiniones, de un lado y del otro, en las que las heces que hasta entonces estaban en el fondo subieron a la superficie y salpicaron a todos.

Resulta curioso que, hasta ahora, Bombau, capo total de TYC -la empresa que transmitía el negocio del fútbol y alimentaba a los buitres del periodismo deportivo- no hubiera abierto la boca denunciando la mafia que se esconde de las puertas de la AFA para adentro. Sin el negocio en las manos, se llenó la boca de insultos y de promesas de venganza yuppie.

El Grupo Clarín, ése que habla de "periodismo independiente" pero es cada vez más tendencioso y especulador, tituló sus portales dando cátedra de cómo manejar la información para su propio beneficio y en perjuicio de sus principales enemigos en su carrera por acumular más poder y dinero. A estas alturas -y desde hace muchos años- no sorprende la postura del Gran Diario Argentino; ya nos hemos acostumbrado a sus pactos con el poder, a su tiranía de la realidad impuesta y a su facilidad para darse vuelta como un panqueque arriba de un samba.

Del otro lado, el Gobierno y la figura de Kirchner, metiendo sus narices donde el negocio llama, tomando decisiones al menos cuestionables, llenándose la boca con la redistribución de la riqueza e inviertiendo $600 millones en un cambio de roles que parece más bien apuntar a joder a su enemigo empresarial que a cumplir con sus deberes de administrar los fondos públicos para bien de los argentinos.

No faltaron quienes, desde la oposición política, cuestionaron el destino de esos fondos habiendo hambre, inseguridad y otras cuestiones de suma importancia antes que el fútbol. Oportunistas o no, algo de verdad parece haber detrás de esas críticas. Sobre todo cuando decisiones como éstas se suman a una serie de contradicciones de igualdad y transparencia que, más que nunca en el gobierno de Cristina Kirchner, parecen haberse vuelto una costumbre que ya no vale la pena disimular demasiado.

Y finalmente, la frutilla del postre: Julio Grondona, mafioso clavado al piso de la AFA, llevando desde las oscuras épocas de la dictadura de finales de los setentas la pelota atada al pie, haciendo del fútbol un circo que destruyó a los clubes más nobles y llenó las arcas de los empresarios fanatizados con un deporte que, seguramente, en sus vidas practicaron. De Grondona voy a destacar la frase en su anillo, la de que "Todo Pasa". Parece una burla a sus enemigos, perpetuándose en el poder viendo caer uno tras otro a quienes cuestionaron el manejo de la institución que rige el deporte más popular de nuestro país.

En este contexto emerge la figura de Noray Nakis, presidente de Armenio, integrante del Departamento de Selecciones, hombre de confianza de Grondona y orfebre de los anillos de Don Julio. Si la figura de Grondona da bronca, la de Nakis lo confirma. Transcribo a continuación una entrevista realizada días atrás con el periódico Crítica Digital, en la que Nakis habla de los anillos de su jefe, del famoso "Todo Pasa" y del más nuevo y misterioso anillo del "Todo Llega":


"¿Usted le hizo los dos anillos?

–Sí, el primero fue en los años ochenta. A Julio lo criticaban de todos lados y siempre decía: “Todo pasa, no se preocupen”. Lo aprendió en Egipto. Y entonces, como yo tengo una joyería (Joyas Noray), le pregunté a su hija Liliana si creía que le gustaría el anillo. Ella me dijo que sí, que a su papá le encantaría, y entonces se lo hice y se lo di. Es 18 kilates y tiene 9 gramos de oro. Cuesta 900 pesos. Pero el nuevo es de plata, eh.

Pero el nuevo, el del “Todo llega”, ¿cómo es que lo hizo usted y no sabía que era para Julio?

–Me lo pidieron y lo hice. Y resulta que después me lo muestra Grondona. Soy un pelotudo...

¿Y no le preguntó a Julio por el nuevo significado? El “Todo pasa” era casi una forma de vida.

–Sí, y mirá que tengo confianza. Puedo hablar de todo, hasta de minas. Pero no me quiso decir. Me respondió: “Espere el momento”, “Vamos a ver qué pasa”... Julio es misterioso y muy cabulero.


La fascinación de Julio por el “Todo pasa” es tan grande que, cuando en 2001 perdió ese anillo en un viaje al exterior, Noray fue al aeropuerto de Ezeiza con una réplica y se la entregó apenas Grondona bajó del avión. Nakis, incluso, fantasea con hacer cuarenta o cincuenta réplicas y repartirlas entre los dirigentes más afines a Don Julio. “Quise hacerlo en mayo, cuando Grondona cumplió treinta años de presidente, pero igual lo voy a hacer en algún momento. Quiero que los cincuenta muchachos más cercanos usemos el mismo anillo, el de ‘Todo pasa’”, aseguró Nakis ayer a este diario.

En una entrevista a Diario Popular, Grondona contó el origen de su frase más famosa: “Un faraón de Egipto tenía un harén, y dos chicas se peleaban para que se decidiera cuál de las dos era más linda. Ramsés mandó a hacer dos anillos iguales y se los regaló, por separado, para que ambas pensaran que habían sido elegidas como la más linda, con la recomendación de que ninguna mostrara ese anillo. Pero alguien le preguntó a Ramses qué pasaría si las chicas se llegaran a cruzar y veían el anillo, a lo que el faraón respondió: ‘Todo pasa’. Y me gustó esa filosofía para enfrentar los problemas reales y los que muchas veces inventan”."


Para disfrutar más y mejor de este conflicto típicamente argentino, recomiendo leer la interesante nota del blog Los Desnudos Y Los Muertos en la que no se falla con ninguno de los adjetivos allí vertidos: acá el link