
Para pedir una audiencia con el Jefe hay que enviarle un e-mail al jefe explicándole cuáles son los motivos por los que el empleado solicita una audiencia con el Jefe. Ese e-mail es leido por el jefe, quien nos llama a su oficina y nos invita a sentarnos cómodamente en su incómoda silla para empleados de paso transitorio. Nos cuestiona los motivos de la audiencia, a veces con sutileza y otras con cierta violencia incontrolable, y trata por todos los medios de hacernos ver que nuestros motivos no son tan pesados como para solicitar esa audiencia con el Jefe. Entonces, si logramos convencerlo -tarea difícil, como una prueba de los dioses para el empleado y su odisea- el jefe envía el reclamo al Jefe, adjuntándole una introducción un tanto formal en la que prácticamente nos deja indefensos ante cualquier enojo del gran Rey de nuestro ámbito de trabajo. Al cabo de cuatro o cinco semanas llega un e-mail a nuestra casilla en la que la Secretaria nos informa que el Jefe está dispuesto a recibirnos en su Despacho, ese mismo día y en un par de minutos. Sin tiempo para resolver estrategias de último momento, el empleado sube hasta el segundo piso y se hace notar ante la Secretaria, que simula verlo y no verlo al mismo tiempo y nos pide que esperemos. Cuando la Secretaria decide que ya esperamos lo suficiente -nunca es demasiado- nos dice que pasemos, que el Jefe nos recibirá en su Despacho. Ante nuestros ojos aparece entonces la figura del Todopoderoso, sentado a su trono de burócrata espacial, frente a su escritorio donde todo signo es fálico y toda palabra le pertenece. Nos preguntará cuál es nuestro reclamo, escuchará las primeras líneas de nuestra queja, interrumpirá con su forma de ver las cosas, nos dirá que él hará lo posible por solucionar lo que a toda vista ya es un reclamo injustificado. Nos dará su mano, veremos su anillo dorado brillar más que nuestras lágrimas y sin decir que nos está echando de su Despacho entenderemos que la hora de volver a nuestra oficina ha llegado, y con ella el tiempo volverá a seguir su curso, como siempre, como todos los días de aquí y hasta el fin de los días.

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