lunes

DESIGNIOS (2002)

Pisando las hojas muertas llegó Natalio al banco en la plaza y se sentó como yo mismo me había sentado hacía casi cinco años en el mismo banco de la misma plaza, pisando otras hojas muertas. Así fue como lo vi llegar, escondiendo su rostro en el interior del sobretodo marrón que afinaba su figura y daba a su andar pequeñas apariencias de cansada sobrevida. Ahí viene Natalio tan apurado como siempre, habría dicho yo si en ese momento lo hubiera reconocido. Pero sólo cuando se hubo sentado en el banco, cuando se detuvo y observó la hora que marcaba su reloj de pulsera, sólo entonces fui a su encuentro.
Me observó sin decir nada durante un rato. Luego me pidió que me sentara a su lado, para volver a callar, para volver a ocultar su rostro dentro del sobretodo. Era la misma situación que se había repetido durante cinco años en mi recuerdo: el que llegaba sin poder escaparle al frío y se sentaba en el gélido banco que atrapaba los primeros atisbos del invierno, y el que aparecía para preguntarle por la oreja de Hugger. En la pregunta y en la respuesta gravitaban años de espera, días y noches de insomnio y resquemor al tiempo que nunca apresura las cosas.
Como habiendo ensayado la respuesta hasta hacerla fluir de forma natural, Natalio contestó que había ocurrido algo con la oreja, y otra vez el silencio. Eso era lo que me irritaba de Natalio: su tendencia a prolongar los silencios cuando las conversaciones ni siquiera habían comenzado a darse. Pero esta vez era peor, pues no intentábamos construir una de nuestras habituales charlas sobre literatura - como las que habíamos tenido algunas viejas madrugadas en el ahora extinto Café del Tenor - sino darle fin a un ciclo cuya prolongación ninguno de los dos anhelaba.
Ya nada era lo mismo, el peso de los otoños dolía en nuestras respiraciones, cansadas. Sin embargo, alguna vez habíamos tenido más vida, y por entonces sí que el hallazgo de la oreja nos había enloquecido al punto de llegar a repartirnos, como semidioses, el dominio de las mentes humanas. Pero ya nada era lo mismo, y ahora que algo le había ocurrido a la oreja el futuro se mostraba aún más incierto.
—¿Qué fue exactamente lo que ocurrió, Natalio? —pregunté, pero él ni siquiera pareció escucharme. Tenía las manos en los bolsillos, y olía al mismo perfume de cuando un otoño nos había juntado en el mismo banco. Aquella tarde fui yo el primero en sentarse, para esperar a que Natalio se sentara a mi lado y no pudiera disimular sus deseos de comenzar a utilizar la oreja de Hugger; así lo habíamos pactado y le entregué nuestro secreto para que a partir de ese momento y durante los próximos cinco años fuera él quien gozara de las virtudes de la oreja. Nada me costó menos que desprenderme de ese cartílago disecado que hacía de su poseedor un ser capaz de manejar los pensamientos de los que lo escucharan hablar; así tan sólo balbuceara, bastaba con imaginar una idea para que el oyente pasara a hacerla propia sin notarlo. La oreja de Hugger, que me había vuelto un ser omnipotente y egoísta.
—¿Cómo que algo le pasó a la oreja, Natalio? Contestáme, te digo.
—No está, desapareció. Te juro que es así, que nada quiero más que cumplir con nuestro pacto de destruirla, ahora que ya la usamos, pero desapareció. Hace noches que la busco, pero nada. Alguien debió de violar la caja de seguridad donde la guardaba. Esto es terrible, Juan.
Lo miré. Natalio se veía realmente agotado, como sin duda me había visto él la tarde que le entregué la oreja. Ahora, recuperándome de a poco, lo veía sufrir por la omnipotencia indomable que generaba la maldición de Hugger. Se lo había advertido, le había dicho que no se atreviera a pasar por lo que yo había pasado primero, por lo que el azar había dispuesto que yo sufriera antes que él. Resulta gracioso pensar que una partida de naipes resolvió el privilegio de ser el primero en caer en sus redes. Comprendo que el azar debe de ser así, no la simple buena fortuna.
—Te lo dije, Natalio. Te dije que la oreja iba a hacerte daño, pero no quisiste escucharme. Estabas tan ansioso por comenzar a disfrutar de sus virtudes que ni siquiera reparaste en mis advertencias. Pero no te culpo, pues yo habríaa hecho lo mismo. Al principio todo parece tan perfecto, tan acabado, como en sueños. Y luego se vuelve insoportable, y necesario, y así nos convertimos en puentes de nuestros impulsos más bajos. Te lo dije, Natalio, te lo dije y tenía razón.
Permanecimos callados lo que tardó el frío en vencer las barreras de mi sobretodo; luego pensé que la conversación podría cobrar mayor fuerza si la continuábamos en mi casa, sitio que parecía haber sido construido con la intención de que se convirtiera en templo de explicaciones; en ese mismo sitio, alguna vez, habíamos decidido en suerte el destino de la oreja y habíamos acordado destruirla pasados los diez años de su hallazgo. Y ahora, rendidos, aplastados por su tormento, discutíamos nuestra codicia y nuestro roto candor de simples sujetos.
—Ya no la usaba con la frecuencia de los primeros años —dijo entonces Natalio—. La había escondido en la caja de seguridad, allí donde nunca pensé guardar nada. Pero la oreja sí. No podía controlarme, y a vos te debe de haber pasado lo mismo, no podía sentir que era incapaz de algo. La costumbre, Juan. Uno se acostumbra a lo omnímodo. Vos me lo dijiste, es cierto, pero cómo saberlo sin intentarlo, cómo dominarme.
—Lo sé, Natalio. Todos estos años lo he sabido. Es imposible resistirse a su fuerza, máxime cuando uno es ignorante de las virtudes que da poseerla. Lo mismo debió pasarle a Hugger. Fuimos necios e imprudentes al pasar por alto las desgracias que sufrió el holandés, seducidos por su magnetismo. Siempre pienso en esto. Pero era imposible, ya lo sabemos.
Natalio encendió un cigarrillo. Sólo entonces sacó sus manos de los bolsillos del sobretodo. Temblaba, pude verle temblar como si realmente hiciera frío en la habitación. Pero no era frío lo que sentía, sino algo más parecido al miedo o a la vacilación que golpea a quienes despiertan tras enigmáticas pesadillas.
—A Hugger lo mató lo que a nosotros nos mata, Juan —dijo. Yo preferí callar y servirme otra copa de ron. También llené una copa para Natalio, que ya se soltaba y parecía sentirse mejor al compartir su turbación con alguien que estaba pasando por lo mismo.
—Imagináte vivir preso de tus pensamientos. Así funciona la oreja, y Hugger nunca lo supo, siempre creyó que era un don y un castigo que tenía en su interior. Pero los dos sabemos, porque lo intentamos con sus cabellos, con sus manos, y hasta con sus dientes, que lo único mágico en Hugger era su oreja izquierda. El holandés no lo soportó. No sabía cómo acabar con eso que lo mataba, que lo hacía todopoderoso en un mundo que se le debió presentar parecido a lo que a nosotros se nos muestra sólo en sueños. ¿Se entiende lo que digo?. Ya lo hablamos, alguna tarde. Hugger nació con ese poder, por eso nunca le pareció extraño que las cosas sucedieran como le sucedían a su alrededor. Pero sin embargo fue preso de sus pensamientos, porque nosotros, los que no somos como fue Hugger, somos aquel mundo que lo atrapaba, que lo limitaba al tiempo que le ofrecía vanas posibilidades a las que sólo nosotros dos tuvimos acceso. Fuimos más que Hugger, porque no éramos Hugger.
Comenzó a oscurecer. Habíamos perdido la cuenta de las copas que llevábamos bebidas, pero no nos importó. Hacía mucho que no conversábamos, así que nos pareció buena idea continuar hablando de otras cosas. Natalio tenía que olvidarse al menos un instante de la oreja, así que me esforcé por preguntarle por su esposa, a quien yo no veía desde la vez que habíamos decidido desenterrar el cadáver del holandés.
—Agustina está bien, aunque casi no nos vemos. Trabaja todo el día, ya sabés, en la clínica. Igual está bien. ¿Y vos? Supe que te casaste.
—Sí, me casé —realmente no tenía interés en hablarle de Brenda. Natalio lo entendió enseguida, pues prendió otro cigarrillo e hizo algún noble comentario sobre los libros que yo tenía en la biblioteca, y por esos rumbos seguimos conversando hasta muy altas horas de la madrugada.
—¿Tenés sueño? —le pregunté.
—No he dormido en casi diez años —me dijo.
Lo acompañé hasta la puerta y prometí que volveríamos a vernos. No recuerdo si le pregunté otra vez por la oreja, sobre nosotros y la oreja ahora que alguien la había robado. Creo que Natalio me dijo que no me preocupara, que me olvidara de eso y de todas sus cosas, porque olvidar era la única forma de escaparle a la muerte. Entonces se fue, como se había ido aquella tarde que marcó para siempre mi futuro. Un juego de naipes y el privilegio de ser el primero en usar los poderes de Hugger; ahora yo, guardando la oreja en mi caja de seguridad, disfrazando mi atormentada vida a partir del consuelo de un hombre al que quise oírle decir que no me preocupara.

viernes

LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA


Acabo de volver a los noventas sin aviso previo: en las bateas de ventas de Musimundo, perdido entre discos de $54 y $37, un disco de grandes éxitos de Cilla Black, responsable del guardaropa de The Cavern, luego descubierta por Brian Epstein para lanzarse como solista de una carrera digna, con algunos éxitos de delicioso buen gusto. Hasta aquí podría decirse que retrocedí a los sesentas, pero el verdadero viaje vino con el precio del disco: $0,99.

—¿Te puedo ayudar en algo? —me dijo el atento vendedor al que se le suele decir "estoy mirando".

Yo seguía en los noventas.

—Sí, decime si este precio está bien o es un error —inquirí. El vendedor mostró asombro, tampoco él podía concebir que con el dólar a $3.86 se estuviera vendiendo un disco de buena edición (incluye librito y todo) a la escandalosa suma de 1 peso.

Recuerdo los viejos tiempos en los que por 1 peso podías tomar una birra en cualquier lado, comerte una hamburguesa o, en el mejor de los casos, conseguir un cassette más o menos bueno en las ferias de las plazas. Los hemos olvidado, el devenir de la economía y lo que sucedió después de 2001, odisea del caos, nos ha hecho olvidar esa sensación de oferta permanente aunque inconciente -lo supimos luego, cuando el tiempo se lo había llevado-.

Compré dos de los discos. Son iguales. Uno es para mí. El otro lo compré para regalárselo a alguien que sepa apreciar a Cilla. No pude creer llevarme dos discos de Musimundo, hoy, y pagar con un billete de $2.

—Si tenés cambio te voy a agradecer —me dijo la chica en la caja, y fue el broche de oro.

jueves

LOS TRAJES A LA BASURA


Había una vez dos trajes de 1972, uno azul y otro marrón oscuro, que habían sido de mi tío y heredé porque nadie los quería y para mí eran magia pura, porque entallaban perfecto y me permitían usarlos cada vez que había una ocasión para eso: un recital, una salida con estilo o, como es el caso de este domingo, una sesión de fotos en la que me habría gustado usarlos nuevamente, como en los viejos tiempos felices.
Por una cuestión de espacio en mi armario, hace unos meses tuve que tomar la decisión de llevarlos a la casa de mis padres, a mi antiguo cuarto, donde esperarían la ocasión de volver a ser usados. Qué mejor oportunidad que esta nueva sesión de fotos, ambientada en un cementerio y con estética victoriana.
Pues no. Hoy hablé con mi madre y le dije que necesitaba los trajes. "Me parece que no están más los trajes", me dijo. Como sin haber escuchado la respuesta, volví a decir que los necesitaba, que necesitaba mucho esos trajes. "No recuerdo que estén ahí, creo que los tiramos", me dijo. Por más esfuerzo que hiciera para negar esa realidad horrible que aparecía ante mis ojos, la idea de los trajes en la basura me partía el alma. Hice un último intento, diciéndole que hace unas semanas subrayé puntualmente la necesidad de que nadie se deshiciera de esos trajes, porque eran muy valiosos para mí, no así el resto de la ropa que había dejado en ese armario. "Creo que los tiramos, se los iban a comer las polillas", fue la respuesta fatal.
Hace poco más de cuatro horas que no puedo evitar pensar en esos trajes desperdiciados entre un montón de basura. Ni siquiera me contentaría saber que alguien los encontró y pudo darles el uso que a mí se me niega, porque esos trajes eran míos, eran un tesoro que guardaba orgulloso y que quería me acompañara hasta la muerte. Incluso ahora pienso que el traje azul bien podría haberme acompañado a la tumba, para darme ese último gusto aunque más no fuera en la hora de mi muerte.
"Creo que los tiramos, se los iban a comer las polillas", fue la respuesta fatal. Mis trajes, a la basura, por la mínima posibilidad de que una tosca polilla pudiera lastimar una pequeña parte de aquel tesoro ya perdido...

miércoles

CHABÁN


La primera vez que vi a Chabán en carne y hueso me quedé asombrado, casi iluminado. Yo tenía unos 15 años, no mucho más. Por entonces me gustaba la aventura de tomarme el Río de La Plata, que atravesaba todo el conurbano porque todavía no existía la autopista hacia Buenos Aires, y terminar con mi amigo Diego, que vivía en Once, yendo a alguno de los recitales que nos salvaban el fin de semana y realmente nos colmaban. Tenía que convencer a mis viejos, primero, porque viajaba los viernes después del colegio y volvía los domingos a la noche, y con 15 años o tal vez un poco menos no era fácil ganarse esa confianza. Pero eran otras épocas, un poco distintas al presente inseguro por donde se lo mire. Subía al Río -como le decían- y la noche lo envolvía primero en Berazategui, en el Barrio Pepsi, después en Avellaneda y finalmente en Plaza Miserere, donde bajaba y caminaba unas diez cuadras para llegar a lo de Diego.Él ya tenía el plan hecho cuando yo llegaba: si no era una fiesta en casa de alguno de sus amigos era un recital en alguno de los mejores antros que conocí en mi vida. Ya no hay lugares así. Gracias a esos viajes de pibe conocí Cemento, Die Schule, El Dorado, Dr. Jeckyll y otros que no me acuerdo ahora pero que me encantaban. A Cemento fue donde más fui. En aquellos viajes seguíamos a Todos Tus Muertos, Los Brujos, Peligrosos Gorriones, Martes Menta, Babasónicos, un sinnúmero de bandas punk, los primeros Juana La Loca y otro costado más electro en otros lados (me acuerdo algún show de Estupendo y se me pianta un lagrimazo).Yo era muy fanático de Los Brujos, que tocaban seguido en Cemento y me iba siempre a verlos. De aquellos shows tengo el recuerdo de una cicatriz en la rodilla, producto de una pésima coordinación en un mosh, y un par de corridas cuando caía la policía y sabíamos que éramos bastante pibes como para estar ahí.Una noche, mientras tocaban los Muertos -casi seguro eran ellos-, se había puesto tensa la cosa en el sector de la barra, justo después de la puerta de ingreso, con unos pibes que empezaron a amenazarse entre sí. Cuestión de ebriedad y de adolescencia, era común la piña y después de eso las dos partes, vencedores y vencidos, seguían viendo el show como si nada. Y recuerdo que fue Chabán el que se metió en el conflicto. No sé muy bien qué les dijo, pero sí me acuerdo que Diego me lo marcó, me dijo que era Chabán, el dueño de Cemento, una especie de figura mítica para el rock vernáculo. Yo tenía el nombre "Chabán", lo tenía de cada página leída en las revistas que leía por entonces y de escucharlo en la radio cuando algún músico hablaba de él y contaba alguna anécdota de esas que le ponen pimienta a la historia más sencilla. En medio de aquel conflicto casual, de esa discusión entre pibes en un boliche, la figura de Chabán era parte de una historia que me habían contado y que estaba viendo frente a mis ojos.Cuando Chabán terminó de hablarles, el conflicto había quedado chiquito, porque los pibes siguieron haciendo cada uno la suya y se perdieron entre la gente. Yo me quedé mirándolo, se paró a mi lado con los brazos cruzados. Miraba cada rincón, hablaba con los de la barra para arreglar algunos precios de la birra y se subía a unos bancos enanos que había en el medio de esa parte del boliche como una estatua. Esa noche me miró porque yo lo miraba. Me clavó la mirada y para rematar arqueó las cejas diciendo algo así como "¿qué pasa, rulos?". Yo tenía rulos, je.Con lo que pasó en Cromañón se me revolvieron todas estas cosas. Para mí, para el recuerdo que tengo de esas noches en Cemento, Chabán era un tipo que estaba en todos los detalles y que al fin y al cabo no era mal tipo, no era como el resto de los garcas que fui conociendo después, en los recitales que siguieron a esas primeras salidas.Hoy, cuando lo sentenciaron, sentí que algo de todo eso se había roto. Y no hablo de justicia ni de injusticia, porque no estoy hablando de eso. Hablo de aquella sensación que me quedó en el alma la primera vez que vi a Chabán, la sensación que permaneció las otras veces que lo vi, el recuerdo que me quedó de su nombre, y la caída que reflejan hoy los medios. Son raras las armas con las que el pasado sacude al presente... y viceversa.

martes

SOMOS LOCALES OTRA VEZ



No hay límite para la inventiva de aquellos que dirigen, trabajan u ocupan un asiento -las palabras no son muy claras acá- en edificios gubernamentales. Se renuevan constantemente las metidas de pata, las decisiones con poco tacto y las malas decisiones que joden.


Me ocurrió el viernes, cuando leía los mails que llegan a mi casilla, la sorpresa de encontrar un anuncio del área de Cultura de la Municipalidad de La Plata en el que se presentaba pomposamente -4 logos e imágenes acompañaban el mail- el nuevo ciclo "Locales y Visitantes". La idea es simple y hasta sensata: algunas bandas locales -entiéndase de La Plata- compartirían cartel con bandas visitantes -entiéndase de Buenos Aires o de otros lados que no sean La Plata-. Hasta ahí, todo en orden porque ese tipo de iniciativas les da la posibilidad a las bandas de nuestra ciudad de disfrutar de un buen show junto a bandas que vienen andando bien en otros circuitos. La ayuda de la Municipalidad, en este tipo de eventos, está muy bien.


No obstante, me alarmé cuando vi el afiche que la propia Municipalidad enviaba, anunciando la primera de las fechas: LOVORNE, la banda del hijo de Pappo, tocaba como visitante ocupando la totalidad del cartel, y RUEDAS DE ACERO, la banda local, tocaba como... como banda invitada? en un rincón? sin foto? chiquitita dime por qué? Por qué manejar de esa manera el lugar que ocupa nada menos que la banda de la ciudad, en un ciclo que plantea la localía y la visita casi desde la fraternidad?


Automáticamente reflexioné que se estaba no sólo desperdiciando la gran oportunidad que le daban a Ruedas de Acero de presentarse junto a Lovorne, poniéndola como banda invitada y pasando desapercibida en el texto publicitado, sino de hacer las cosas bien, nada menos. Y les escribí, preguntándoles si verdaderamente la banda local iba a aparecer como "banda invitada".


Hoy recibí respuesta por parte del anónimo que manda los mails de la Municipalidad: "sí, la banda local aparece como banda invitada". Está claro que este sujeto respondió a mi pregunta.


Acabo de enviarle un mail de nuevo. Quise decirle que se estaba desperdiciando esta oportunidad, y que nada menos que ellos, los que podían hacerlo bien porque tienen las herramientas para hacerlo y porque están en la iniciativa de hacerlo, anunciando este ciclo de locales y visitantes.

viernes

TARDE SIEMPRE


Hay una sensación que aparece a veces, desde el comienzo de los tiempos de cada uno de nosotros, que nos lleva a pensar que hay que cambiar algunas cosas personales, modificar algunas actitudes y amigarse con ciertas cuestiones que nos generan rabietas y alteran nuestra salud. Y siempre, pero siempre, uno piensa en hacerlo y por cosas del tiempo quedan pospuestas, relegadas al momento en que vuelven a aparecer y vuelven a quedar relegadas, como en un círculo vicioso de iniciativa y letargo.
Pero hay un momento -evidentemente llego a ese momento- en que uno nota que ya se hizo tarde para algunas cuestiones. Ése es el peor momento, y ahí es donde quema la peor sensación.

miércoles

TAPAS DE DISCOS

Siempre sentí debilidad por este tipo de cosas





















































































































































































































































































TODO PASA Y NADA QUEDA


Cuando de pronto el río se revuelve y los peces comienzan a salir a la superficie para hallar respiro, suben también las heces que estaban en el fondo. La decisión del Gobierno y de Julio Grondona de sacarle de las manos el contrato al Grupo Clarín desató un sinnúmero de opiniones, de un lado y del otro, en las que las heces que hasta entonces estaban en el fondo subieron a la superficie y salpicaron a todos.

Resulta curioso que, hasta ahora, Bombau, capo total de TYC -la empresa que transmitía el negocio del fútbol y alimentaba a los buitres del periodismo deportivo- no hubiera abierto la boca denunciando la mafia que se esconde de las puertas de la AFA para adentro. Sin el negocio en las manos, se llenó la boca de insultos y de promesas de venganza yuppie.

El Grupo Clarín, ése que habla de "periodismo independiente" pero es cada vez más tendencioso y especulador, tituló sus portales dando cátedra de cómo manejar la información para su propio beneficio y en perjuicio de sus principales enemigos en su carrera por acumular más poder y dinero. A estas alturas -y desde hace muchos años- no sorprende la postura del Gran Diario Argentino; ya nos hemos acostumbrado a sus pactos con el poder, a su tiranía de la realidad impuesta y a su facilidad para darse vuelta como un panqueque arriba de un samba.

Del otro lado, el Gobierno y la figura de Kirchner, metiendo sus narices donde el negocio llama, tomando decisiones al menos cuestionables, llenándose la boca con la redistribución de la riqueza e inviertiendo $600 millones en un cambio de roles que parece más bien apuntar a joder a su enemigo empresarial que a cumplir con sus deberes de administrar los fondos públicos para bien de los argentinos.

No faltaron quienes, desde la oposición política, cuestionaron el destino de esos fondos habiendo hambre, inseguridad y otras cuestiones de suma importancia antes que el fútbol. Oportunistas o no, algo de verdad parece haber detrás de esas críticas. Sobre todo cuando decisiones como éstas se suman a una serie de contradicciones de igualdad y transparencia que, más que nunca en el gobierno de Cristina Kirchner, parecen haberse vuelto una costumbre que ya no vale la pena disimular demasiado.

Y finalmente, la frutilla del postre: Julio Grondona, mafioso clavado al piso de la AFA, llevando desde las oscuras épocas de la dictadura de finales de los setentas la pelota atada al pie, haciendo del fútbol un circo que destruyó a los clubes más nobles y llenó las arcas de los empresarios fanatizados con un deporte que, seguramente, en sus vidas practicaron. De Grondona voy a destacar la frase en su anillo, la de que "Todo Pasa". Parece una burla a sus enemigos, perpetuándose en el poder viendo caer uno tras otro a quienes cuestionaron el manejo de la institución que rige el deporte más popular de nuestro país.

En este contexto emerge la figura de Noray Nakis, presidente de Armenio, integrante del Departamento de Selecciones, hombre de confianza de Grondona y orfebre de los anillos de Don Julio. Si la figura de Grondona da bronca, la de Nakis lo confirma. Transcribo a continuación una entrevista realizada días atrás con el periódico Crítica Digital, en la que Nakis habla de los anillos de su jefe, del famoso "Todo Pasa" y del más nuevo y misterioso anillo del "Todo Llega":


"¿Usted le hizo los dos anillos?

–Sí, el primero fue en los años ochenta. A Julio lo criticaban de todos lados y siempre decía: “Todo pasa, no se preocupen”. Lo aprendió en Egipto. Y entonces, como yo tengo una joyería (Joyas Noray), le pregunté a su hija Liliana si creía que le gustaría el anillo. Ella me dijo que sí, que a su papá le encantaría, y entonces se lo hice y se lo di. Es 18 kilates y tiene 9 gramos de oro. Cuesta 900 pesos. Pero el nuevo es de plata, eh.

Pero el nuevo, el del “Todo llega”, ¿cómo es que lo hizo usted y no sabía que era para Julio?

–Me lo pidieron y lo hice. Y resulta que después me lo muestra Grondona. Soy un pelotudo...

¿Y no le preguntó a Julio por el nuevo significado? El “Todo pasa” era casi una forma de vida.

–Sí, y mirá que tengo confianza. Puedo hablar de todo, hasta de minas. Pero no me quiso decir. Me respondió: “Espere el momento”, “Vamos a ver qué pasa”... Julio es misterioso y muy cabulero.


La fascinación de Julio por el “Todo pasa” es tan grande que, cuando en 2001 perdió ese anillo en un viaje al exterior, Noray fue al aeropuerto de Ezeiza con una réplica y se la entregó apenas Grondona bajó del avión. Nakis, incluso, fantasea con hacer cuarenta o cincuenta réplicas y repartirlas entre los dirigentes más afines a Don Julio. “Quise hacerlo en mayo, cuando Grondona cumplió treinta años de presidente, pero igual lo voy a hacer en algún momento. Quiero que los cincuenta muchachos más cercanos usemos el mismo anillo, el de ‘Todo pasa’”, aseguró Nakis ayer a este diario.

En una entrevista a Diario Popular, Grondona contó el origen de su frase más famosa: “Un faraón de Egipto tenía un harén, y dos chicas se peleaban para que se decidiera cuál de las dos era más linda. Ramsés mandó a hacer dos anillos iguales y se los regaló, por separado, para que ambas pensaran que habían sido elegidas como la más linda, con la recomendación de que ninguna mostrara ese anillo. Pero alguien le preguntó a Ramses qué pasaría si las chicas se llegaran a cruzar y veían el anillo, a lo que el faraón respondió: ‘Todo pasa’. Y me gustó esa filosofía para enfrentar los problemas reales y los que muchas veces inventan”."


Para disfrutar más y mejor de este conflicto típicamente argentino, recomiendo leer la interesante nota del blog Los Desnudos Y Los Muertos en la que no se falla con ninguno de los adjetivos allí vertidos: acá el link

jueves

Marketing de la inseguridad


La inseguridad (real o paranoide) ha llegado al marketing. Dice la nueva promoción de Burguer King, a partir de sus "bajos" precios: "Vas a sentir que nos robaste". De esta forma, usted desembolsa $10 para comer un paty con fritas y un vaso de gaseosa y se siente bien porque ya no es víctima de la inseguridad sino la inseguridad misma. No tuve que caminar mucho más por las calles del centro para toparme con la vidriera de un local de ropa ordinaria, aquel vidrio pintado con cal y pincel en Impact 4000, anunciando la rebaja de precios típica del cambio de estación: "ZOOL TE LIQUIDA". En este caso, la inseguridad nos cae de lleno, nos despedaza, pero no es una muerte espantosa sino una ganga, el premio de llevarse a bajo precio un jean elastizado.

miércoles

Un país dramático

A raíz de las declaraciones de Diego Maradona, en las que afirma que "la Argentina sin fútbol es un país dramático", cabe preguntarse si el fútbol es ciertamente el bálsamo que cura nuestras enfermedades, alimenta a nuestro pueblo y educa a las futuras generaciones. Sé que suena a lugar común aferrarse a la frase del jugador de fútbol más venerado en nuestro suelo (y tal vez en la inmensa mayoría del globo) para caer en la burla o en la risa, pero con él me sucede que no puedo dejarle pasar casi nada de lo que dice, hace o piensa.
Ser Maradona, como ser un Beatle o cualquier otro personaje de la maquinaria cultural, y estar ligado a la inmensa fama acarrea riesgos que a los comunes, a los que salimos de casa sin que nadie nos pare por la calle, nos impide de entrada cualquier análisis. Hay que ser Maradona para saber lo que es ser Maradona. Y es difícil imaginar la velocidad de las realidades en la vida de un astro.
Pero, al mismo tiempo, sucede que pienso también en ciertas responsabilidades que bien le caben a alguien que, por obra del azar o de su propio accionar, ha llegado a convertirse en centro de atención de las masas.
Si la Argentina sin fútbol es un país dramático, pienso en la Argentina con fútbol, esa que tuvo su Mundial 1978, la que necesita de un Boca o un River campeón para contento de las mayorías, la que sacia su violencia domingo a domingo en cánticos contra sus pares opuestos, la que alimenta una industria ficticia de pasión televisiva. Esa misma Argentina que sin educación, sin trabajo, sin justicia, sin verdades verdaderas se hunde día tras día, haya o no haya una pelota rodando.
La palabra de Maradona -vale volver a decir que no lo quiero hablando, lo quiero jugando al fútbol, porque ahí la magia es única- termina siendo la palabra de cualquiera, como la mía (este texto puede ser aún más irresponsable e intrascendente que lo dicho por Maradona), o la tuya.
Designado por obra y gracia de su gloria futbolística como el vocero de un país futbolístico, Maradona opina a diestra y siniestra y aunque la mayoría de las veces pueda decir una barbaridad el pueblo lo celebra, porque es El Diego. Se le permiten barbaridades, no importa cuáles, porque el Diego es D10s.
Y cuando lleva tatuado al Che en el brazo, o fuma un habano mientras conversa con Fidel como un hijo con su padre, se cubre de oro y asiste a las fiestas de los más grandes garcas de la nación. Habla del oro del Vaticano, habla mal de los políticos de turno, opina y deja deslizar que la Argentina sin fútbol es un país dramático, como si nada. Dice lo que quiere de Grondona, y pacta con él para hacerse cargo de la selección de fútbol. ¿Acaso este D10s no tiene los códigos con los que se llena la boca?
Por eso vuelvo siempre a opinar sobre lo que opina Maradona. Porque él es fruto de un país dramático, es fruto de un país que convierte en ídolos orquesta a cualquiera de sus deportistas magistrales, músicos destacados o capocómicos ordinarios. La palabra ley, la palabra indiscutida de aquel que supo hacer una gambeta tras otra y ganar un partido de fútbol para alegría de millones.


martes

El Pacto de Cristian Adorno

Tratando de evitar cualquier cuestionamiento por parte de otros seres humanos, el señor de bastón de madera y sobretodo negro caminaba las calles queriendo pasar desapercibido. Invisible para sus adentros, no levantaba la vista cuando otra persona caminaba en sentido inverso por la misma acera y jamás compraba siquiera alimentos en los muchos locales de la avenida principal.
De su casa al depósito de papeles y del depósito de papeles a su casa, transportaba pilas de cuadernos que servían para su propósito elemental: conseguir resumir la única respuesta en una sola oración sin puntos ni comas. Se alimentaba desde hacía meses con el moho que crece en los ventanales que dan a la sombra, porque en la ciudad el clima es húmedo y favorece la aparición de esta singular flora microscópica.
Entregado por completo a su tarea, el señor que tenía miedo a las preguntas trabajaba día y noche, dormía unas pocas horas y cuando finalizaba un cuaderno salía en la búsqueda de otro, apurado para no perder el hilo de la frase, temeroso también porque no quería ser preguntado.
Cierta noche en que su lápiz llegó al fin de la última hoja, tomó su sobretodo negro y su bastón de madera y salió a las calles con la prisa y el cuidado de siempre. No esperaba que a pocos metros del depósito de papeles iba a encontrarse con Lara.
—¡Cristian Adorno! ¡No puedo creer encontrarte así como así después de tantos años! —dijo ella y pareció como si un puñal brillara ahí en la oscuridad de la calle. Cristian pensó en huir, pero no pudo.
—Estoy trabajando en un proyecto colosal y no puedo detenerme a conversar contigo, lo siento —se apresuró a decir antes de que Lara le preguntara algo, cualquier cosa, la mínima pregunta.
—Siempre tan loco vos, como cuando éramos jóvenes —dijo ella.
—No puedo quedarme a conversar contigo, lo siento —repitió él. Tras un leve movimiento de cabeza, dio marcha atrás sobre sus pasos y se perdió entre las sombras de las calles.
Días después de aquel episodio, Cristian Adorno fue encontrado casi inconciente, desplomado entre papeles, en su casa. Había acabado su obra, tras doscientos doce cuadernos en los que conseguía la única respuesta, sin puntos ni comas. La sospecha de los vecinos desembocó en el llamado a la policía local.
Tras derribar la puerta, el joven efectivo que daba sus primeros pasos en la fuerza se acercó velozmente hasta nuestro hombre.
—¿Se encuentra usted bien? —preguntó. La pregunta acabó con la vida de Cristian Adorno.
Actualmente los cuadernos son materia de estudio por parte de prestigiosos historiadores y hombres de fe de todo el mundo, en lo que se conoce como Pacto de Cristian Adorno.
Dice la edición de hoy del periódico norteño El Sol: "Aunque poco se sabe sobre el Pacto de Cristian Adorno, altas fuentes han revelado que allí podría encontrarse la respuesta a muchos interrogantes que la ciencia no ha podido descifrar todavía". Lara, que me ha alcanzado el periódico a la cama, asegura que no confía en lo que dicen los periodistas.

Romper un vidrio usando la mente



  • Mirar fijamente el vidrio

  • Pensar: "que se rompa, que se rompa"

  • Juntar los pedacitos