Pisando las hojas muertas llegó Natalio al banco en la plaza y se sentó como yo mismo me había sentado hacía casi cinco años en el mismo banco de la misma plaza, pisando otras hojas muertas. Así fue como lo vi llegar, escondiendo su rostro en el interior del sobretodo marrón que afinaba su figura y daba a su andar pequeñas apariencias de cansada sobrevida. Ahí viene Natalio tan apurado como siempre, habría dicho yo si en ese momento lo hubiera reconocido. Pero sólo cuando se hubo sentado en el banco, cuando se detuvo y observó la hora que marcaba su reloj de pulsera, sólo entonces fui a su encuentro.Me observó sin decir nada durante un rato. Luego me pidió que me sentara a su lado, para volver a callar, para volver a ocultar su rostro dentro del sobretodo. Era la misma situación que se había repetido durante cinco años en mi recuerdo: el que llegaba sin poder escaparle al frío y se sentaba en el gélido banco que atrapaba los primeros atisbos del invierno, y el que aparecía para preguntarle por la oreja de Hugger. En la pregunta y en la respuesta gravitaban años de espera, días y noches de insomnio y resquemor al tiempo que nunca apresura las cosas.
Como habiendo ensayado la respuesta hasta hacerla fluir de forma natural, Natalio contestó que había ocurrido algo con la oreja, y otra vez el silencio. Eso era lo que me irritaba de Natalio: su tendencia a prolongar los silencios cuando las conversaciones ni siquiera habían comenzado a darse. Pero esta vez era peor, pues no intentábamos construir una de nuestras habituales charlas sobre literatura - como las que habíamos tenido algunas viejas madrugadas en el ahora extinto Café del Tenor - sino darle fin a un ciclo cuya prolongación ninguno de los dos anhelaba.
Ya nada era lo mismo, el peso de los otoños dolía en nuestras respiraciones, cansadas. Sin embargo, alguna vez habíamos tenido más vida, y por entonces sí que el hallazgo de la oreja nos había enloquecido al punto de llegar a repartirnos, como semidioses, el dominio de las mentes humanas. Pero ya nada era lo mismo, y ahora que algo le había ocurrido a la oreja el futuro se mostraba aún más incierto.
—¿Qué fue exactamente lo que ocurrió, Natalio? —pregunté, pero él ni siquiera pareció escucharme. Tenía las manos en los bolsillos, y olía al mismo perfume de cuando un otoño nos había juntado en el mismo banco. Aquella tarde fui yo el primero en sentarse, para esperar a que Natalio se sentara a mi lado y no pudiera disimular sus deseos de comenzar a utilizar la oreja de Hugger; así lo habíamos pactado y le entregué nuestro secreto para que a partir de ese momento y durante los próximos cinco años fuera él quien gozara de las virtudes de la oreja. Nada me costó menos que desprenderme de ese cartílago disecado que hacía de su poseedor un ser capaz de manejar los pensamientos de los que lo escucharan hablar; así tan sólo balbuceara, bastaba con imaginar una idea para que el oyente pasara a hacerla propia sin notarlo. La oreja de Hugger, que me había vuelto un ser omnipotente y egoísta.
—¿Cómo que algo le pasó a la oreja, Natalio? Contestáme, te digo.
—No está, desapareció. Te juro que es así, que nada quiero más que cumplir con nuestro pacto de destruirla, ahora que ya la usamos, pero desapareció. Hace noches que la busco, pero nada. Alguien debió de violar la caja de seguridad donde la guardaba. Esto es terrible, Juan.
Lo miré. Natalio se veía realmente agotado, como sin duda me había visto él la tarde que le entregué la oreja. Ahora, recuperándome de a poco, lo veía sufrir por la omnipotencia indomable que generaba la maldición de Hugger. Se lo había advertido, le había dicho que no se atreviera a pasar por lo que yo había pasado primero, por lo que el azar había dispuesto que yo sufriera antes que él. Resulta gracioso pensar que una partida de naipes resolvió el privilegio de ser el primero en caer en sus redes. Comprendo que el azar debe de ser así, no la simple buena fortuna.
—Te lo dije, Natalio. Te dije que la oreja iba a hacerte daño, pero no quisiste escucharme. Estabas tan ansioso por comenzar a disfrutar de sus virtudes que ni siquiera reparaste en mis advertencias. Pero no te culpo, pues yo habríaa hecho lo mismo. Al principio todo parece tan perfecto, tan acabado, como en sueños. Y luego se vuelve insoportable, y necesario, y así nos convertimos en puentes de nuestros impulsos más bajos. Te lo dije, Natalio, te lo dije y tenía razón.
Permanecimos callados lo que tardó el frío en vencer las barreras de mi sobretodo; luego pensé que la conversación podría cobrar mayor fuerza si la continuábamos en mi casa, sitio que parecía haber sido construido con la intención de que se convirtiera en templo de explicaciones; en ese mismo sitio, alguna vez, habíamos decidido en suerte el destino de la oreja y habíamos acordado destruirla pasados los diez años de su hallazgo. Y ahora, rendidos, aplastados por su tormento, discutíamos nuestra codicia y nuestro roto candor de simples sujetos.
—Ya no la usaba con la frecuencia de los primeros años —dijo entonces Natalio—. La había escondido en la caja de seguridad, allí donde nunca pensé guardar nada. Pero la oreja sí. No podía controlarme, y a vos te debe de haber pasado lo mismo, no podía sentir que era incapaz de algo. La costumbre, Juan. Uno se acostumbra a lo omnímodo. Vos me lo dijiste, es cierto, pero cómo saberlo sin intentarlo, cómo dominarme.
—Lo sé, Natalio. Todos estos años lo he sabido. Es imposible resistirse a su fuerza, máxime cuando uno es ignorante de las virtudes que da poseerla. Lo mismo debió pasarle a Hugger. Fuimos necios e imprudentes al pasar por alto las desgracias que sufrió el holandés, seducidos por su magnetismo. Siempre pienso en esto. Pero era imposible, ya lo sabemos.
Natalio encendió un cigarrillo. Sólo entonces sacó sus manos de los bolsillos del sobretodo. Temblaba, pude verle temblar como si realmente hiciera frío en la habitación. Pero no era frío lo que sentía, sino algo más parecido al miedo o a la vacilación que golpea a quienes despiertan tras enigmáticas pesadillas.
—A Hugger lo mató lo que a nosotros nos mata, Juan —dijo. Yo preferí callar y servirme otra copa de ron. También llené una copa para Natalio, que ya se soltaba y parecía sentirse mejor al compartir su turbación con alguien que estaba pasando por lo mismo.
—Imagináte vivir preso de tus pensamientos. Así funciona la oreja, y Hugger nunca lo supo, siempre creyó que era un don y un castigo que tenía en su interior. Pero los dos sabemos, porque lo intentamos con sus cabellos, con sus manos, y hasta con sus dientes, que lo único mágico en Hugger era su oreja izquierda. El holandés no lo soportó. No sabía cómo acabar con eso que lo mataba, que lo hacía todopoderoso en un mundo que se le debió presentar parecido a lo que a nosotros se nos muestra sólo en sueños. ¿Se entiende lo que digo?. Ya lo hablamos, alguna tarde. Hugger nació con ese poder, por eso nunca le pareció extraño que las cosas sucedieran como le sucedían a su alrededor. Pero sin embargo fue preso de sus pensamientos, porque nosotros, los que no somos como fue Hugger, somos aquel mundo que lo atrapaba, que lo limitaba al tiempo que le ofrecía vanas posibilidades a las que sólo nosotros dos tuvimos acceso. Fuimos más que Hugger, porque no éramos Hugger.
Comenzó a oscurecer. Habíamos perdido la cuenta de las copas que llevábamos bebidas, pero no nos importó. Hacía mucho que no conversábamos, así que nos pareció buena idea continuar hablando de otras cosas. Natalio tenía que olvidarse al menos un instante de la oreja, así que me esforcé por preguntarle por su esposa, a quien yo no veía desde la vez que habíamos decidido desenterrar el cadáver del holandés.
—Agustina está bien, aunque casi no nos vemos. Trabaja todo el día, ya sabés, en la clínica. Igual está bien. ¿Y vos? Supe que te casaste.
—Sí, me casé —realmente no tenía interés en hablarle de Brenda. Natalio lo entendió enseguida, pues prendió otro cigarrillo e hizo algún noble comentario sobre los libros que yo tenía en la biblioteca, y por esos rumbos seguimos conversando hasta muy altas horas de la madrugada.
—¿Tenés sueño? —le pregunté.
—No he dormido en casi diez años —me dijo.
Lo acompañé hasta la puerta y prometí que volveríamos a vernos. No recuerdo si le pregunté otra vez por la oreja, sobre nosotros y la oreja ahora que alguien la había robado. Creo que Natalio me dijo que no me preocupara, que me olvidara de eso y de todas sus cosas, porque olvidar era la única forma de escaparle a la muerte. Entonces se fue, como se había ido aquella tarde que marcó para siempre mi futuro. Un juego de naipes y el privilegio de ser el primero en usar los poderes de Hugger; ahora yo, guardando la oreja en mi caja de seguridad, disfrazando mi atormentada vida a partir del consuelo de un hombre al que quise oírle decir que no me preocupara.






