miércoles

Un país dramático

A raíz de las declaraciones de Diego Maradona, en las que afirma que "la Argentina sin fútbol es un país dramático", cabe preguntarse si el fútbol es ciertamente el bálsamo que cura nuestras enfermedades, alimenta a nuestro pueblo y educa a las futuras generaciones. Sé que suena a lugar común aferrarse a la frase del jugador de fútbol más venerado en nuestro suelo (y tal vez en la inmensa mayoría del globo) para caer en la burla o en la risa, pero con él me sucede que no puedo dejarle pasar casi nada de lo que dice, hace o piensa.
Ser Maradona, como ser un Beatle o cualquier otro personaje de la maquinaria cultural, y estar ligado a la inmensa fama acarrea riesgos que a los comunes, a los que salimos de casa sin que nadie nos pare por la calle, nos impide de entrada cualquier análisis. Hay que ser Maradona para saber lo que es ser Maradona. Y es difícil imaginar la velocidad de las realidades en la vida de un astro.
Pero, al mismo tiempo, sucede que pienso también en ciertas responsabilidades que bien le caben a alguien que, por obra del azar o de su propio accionar, ha llegado a convertirse en centro de atención de las masas.
Si la Argentina sin fútbol es un país dramático, pienso en la Argentina con fútbol, esa que tuvo su Mundial 1978, la que necesita de un Boca o un River campeón para contento de las mayorías, la que sacia su violencia domingo a domingo en cánticos contra sus pares opuestos, la que alimenta una industria ficticia de pasión televisiva. Esa misma Argentina que sin educación, sin trabajo, sin justicia, sin verdades verdaderas se hunde día tras día, haya o no haya una pelota rodando.
La palabra de Maradona -vale volver a decir que no lo quiero hablando, lo quiero jugando al fútbol, porque ahí la magia es única- termina siendo la palabra de cualquiera, como la mía (este texto puede ser aún más irresponsable e intrascendente que lo dicho por Maradona), o la tuya.
Designado por obra y gracia de su gloria futbolística como el vocero de un país futbolístico, Maradona opina a diestra y siniestra y aunque la mayoría de las veces pueda decir una barbaridad el pueblo lo celebra, porque es El Diego. Se le permiten barbaridades, no importa cuáles, porque el Diego es D10s.
Y cuando lleva tatuado al Che en el brazo, o fuma un habano mientras conversa con Fidel como un hijo con su padre, se cubre de oro y asiste a las fiestas de los más grandes garcas de la nación. Habla del oro del Vaticano, habla mal de los políticos de turno, opina y deja deslizar que la Argentina sin fútbol es un país dramático, como si nada. Dice lo que quiere de Grondona, y pacta con él para hacerse cargo de la selección de fútbol. ¿Acaso este D10s no tiene los códigos con los que se llena la boca?
Por eso vuelvo siempre a opinar sobre lo que opina Maradona. Porque él es fruto de un país dramático, es fruto de un país que convierte en ídolos orquesta a cualquiera de sus deportistas magistrales, músicos destacados o capocómicos ordinarios. La palabra ley, la palabra indiscutida de aquel que supo hacer una gambeta tras otra y ganar un partido de fútbol para alegría de millones.


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